En 1928, Alexander Fleming inició la era de los antibióticos con el descubrimiento de la penicilina. Luego de décadas de uso indiscriminado de estos medicamentos, las bacterias han desarrollado tal resistencia que hoy tienen en jaque a la medicina moderna.

Pocas horas después de que Hugh Hefner fuera enterrado en una tumba contigua a la de su musa, Marilyn Monroe, comenzaron a conocerse detalles de su muerte. El certificado de defunción del Departamento de Salud de Los Angeles decía que la muerte del fundador de Playboy fue provocada por un paro cardíaco, una falla respiratoria y una septicemia. Pero además mencionaba otra causa: una bacteria resistente a la acción de los antibióticos.

Según el informe, Hefner batalló días con una rebelde infección causada por la bacteria E. Coli. Esta se adquiere comúnmente a través de comida o agua contaminada y puede causar diarrea, infecciones urinarias y neumonía, además de fallas renales graves en personas mayores. El magnate no respondió al tratamiento y, para médicos e investigadores, su caso es sólo la evidencia más mediática del inminente fin de una era que partió en 1928, cuando el doctor escocés Alexander Fleming descubrió la penicilina.

Hoy se calcula que sólo ese medicamento ha salvado más de 200 millones de vidas, pero debido al uso descontrolado de ese y otros antibióticos su eficacia está decayendo rápidamente. Cifras de los Centros de Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) muestran que casi dos millones de personas en ese país contraen cada año alguna bacteria resistente a los antibióticos y, al menos, 23 mil mueren. Además, un reporte del gobierno británico llegó a calcular que en 2050 este problema podría provocar globalmente unas 10 millones de muertes al año, más que las generadas hoy por el cáncer (8,8 millones).

Jean Patel, jefa de la unidad de estrategia antibiótica de CDC, indica a Tendencias que la situación es crítica y una amenaza para cualquier persona, ya que «muchos avances de la medicina moderna dependen de que los antibióticos funcionen en pacientes como los que reciben quimioterapia, trasplantes o diálisis». La investigadora agrega que, al mismo tiempo, el «desarrollo de medicamentos se ha vuelto más lento y la aprobación de nuevos compuestos no ha logrado seguirles el ritmo a las infecciones resistentes. Estas se asocian con tratamientos más prolongados y costosos, estadías hospitalarias más largas e impactos negativos a largo plazo en la salud de los pacientes».

De acuerdo con la investigadora, incluso ya existen bacterias panresistentes que no se doblegan ante ningún antibiótico. Un ejemplo se dio en agosto, cuando una mujer de setenta años ingresó a un hospital estadounidense con una infección provocada por una enterobacteria resistente a los carbapenémicos, un tipo de antibiótico que sólo se usa en infecciones graves. El problema es que la bacteria también mostró resistencia contra cada uno de los 26 antibióticos disponibles en el mercado, por lo que la mujer desarrolló un cuadro séptico y murió.

Frente a este panorama, la Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que en el caso de la tuberculosis hay casi medio millón de personas que portan cepas resistentes a las drogas, mientras que la gonorrea -una infección común de transmisión sexual- también se ha vuelto mucho más difícil de tratar. Datos de 77 países recogidos por la OMS muestran que en dos tercios ya se detecta resistencia a antibióticos que se usan como último recurso contra esa enfermedad.

«Hoy existen infecciones provocadas por bacterias como la Klebsiella pneumonia ?responsable de neumonías e infecciones urinarias y de heridas quirúrgicas- que son resistentes contra todos los antibióticos comunes. Por eso hay uno muy antiguo llamado colistina que tiene efectos muy serios a nivel renal y que tuvo que ser reintroducido como último recurso. Pero algunas bacterias son resistentes incluso a ese medicamento y los pacientes mueren. En la tuberculosis multiresistente, sólo el 50 por ciento de las personas se recupera», explica a Tendencias el doctor Peter Beyer, consultor de la OMS. Por eso, el experto admite que si el mundo pierde esta guerra sería el «fin de la medicina moderna».

 

Uso y abuso

La resistencia se desarrolla de la siguiente manera: Al igual que la gente, las bacterias tienen ADN, el cual puede cambiar para asegurar la supervivencia de la más fuerte. Por eso cuando se enfrentan a algún antibiótico, son capaces de mutar sus genes para que los medicamentos no puedan afectarlas. Los organismos que sobreviven a esas batallas traspasan esos genes a otras bacterias y, por eso, mientras más se las intenta matar con distintos antibióticos, más opciones tienen de mantenerse indemnes.

El detalle preocupante de esta propagación de genes es que se da incluso entre distintas especies de bacterias. «Esto puede ocurrir dentro de las entrañas de humanos y animales, además del ambiente. Consideremos este escenario: una bacteria resistente emerge en un animal de granja. Luego es liberada al ambiente a través de sus heces, donde se topa con otra clase de bacteria y comparte sus genes de resistencia. Después, alguien recoge ese último organismo del suelo y llega a sus intestinos o su piel para luego transmitirlo a otra gente», explica a Tendencias la doctora Siouxsie Wiles, investigadora de la Universidad de Auckland, Nueva Zelanda, y autora del libro Resistencia a los antibióticos: ¿El fin de la medicina moderna?

En la comunidad científica hay consenso de que los culpables de esta emergencia global somos los propios humanos que hemos usado los antibióticos de manera descontrolada. «Por ejemplo, en Estados Unidos se estima que al menos un tercio de los antibióticos que se prescriben son innecesarios o existen errores en su selección, dosis o el tiempo de uso», cuenta a Tendencias la doctora Katherine Fleming-Dutra, de la oficina de administración de antibióticos de CDC. La experta señala que, en general, los doctores saben que los resfríos comunes, la gripe y los dolores de garganta causados por virus «microorganismos totalmente distintos a las bacterias- no necesitan antibióticos, pero les preocupa la satisfacción de sus pacientes: «Los doctores quieren que ellos estén felices con su atención».

A eso se suma que en muchos países los antibióticos se siguen vendiendo sin receta médica: en una encuesta realizada por la OMS en 2015, 18 de 26 países miembros de América declararon tener comercio libre de estos medicamentos. Chile es una de las naciones que desde 1999 sí restringe su administración mediante receta, pero como explica el doctor Luis Bavestrello, miembro de la Asociación Panamericana de Infectología, «tenemos que lograr el objetivo que consiguieron los países nórdicos, que son los que menos antibióticos consumen y que presentan menor resistencia. Allá cuando una mamá lleva a su niño al pediatra y le indica un antibiótico, ella pregunta si es tan necesario. Acá si el doctor no se lo da la mamá pregunta altiro por qué y a veces va de pediatra en pediatra hasta encontrar uno que le dé el medicamento».

Otra fuente de antibióticos es la cría de ganado, aves y peces, que durante décadas han recibido enormes cantidades de estos medicamentos para reducir infecciones y estimular su crecimiento. Hoy se calcula que el 70 por ciento de todos los antibióticos producidos para humanos se venden para alimentación animal, una práctica que tiene un riesgo global. El año pasado cerdos en China presentaron una variante de la E. Coli resistente a la colistina, que se suele usar sólo en los casos más extremos de infección. En menos de seis meses, CDC detectó esa misma cepa en Pennsylvania.

«Hay normas internacionales que dicen, por ejemplo, que no puedes exportar salmón con residuos antibióticos. Eso obliga a que el salmón chileno deba tener un período de tiempo en que no los recibe antes que se pueda sacrificar y exportar. Pero sí se le administra cuando está creciendo en los viveros, a través de pellets que finalmente van a dar al mar. Así pasan a formar parte del sedimento, los peces nativos se los comen, luego la gente los consume y vamos sumando carga», dice Bavestrello.

 

Estrategias de combate

El panorama no sería tan preocupante si la producción de nuevas drogas estuviera a la altura de la demanda, pero desde los 80 que no se descubre una nueva clase de antibióticos. En parte, este déficit nace del propio desinterés de los laboratorios: «Para las farmacéuticas, que se enfocan en conseguir el mayor retorno financiero posible, no tiene sentido invertir en drogas que sólo van a funcionar unos pocos años. De alguna manera debemos hallar incentivos para que esta sea un área de investigación interesante», comenta Siouxsie Wiles.

Incluso, William Hanage, epidemiólogo de la Universidad de Harvard, dice a Tendencias que diversos actores de la industria han sugerido que «si pudieran cobrar más por los antibióticos el esfuerzo valdría la pena». En el ámbito de la investigación propiamente tal, el panorama tampoco es alentador, ya que en septiembre la OMS publicó un reporte sobre 51 agentes antibacteriales en desarrollo y estableció que ya existe algún nivel de resistencia preexistente en cada uno de ellos. Una terapia que usa virus considerados bacteriófagos para aniquilar bacterias ha dado indicios positivos en laboratorios rusos, pero todavía no se prueba su seguridad: «Las bacterias pueden desarrollar resistencia a esos virus tal como ocurre con los antibióticos convencionales. Nunca habrá suficientes drogas nuevas o terapias novedosas, por eso CDC hoy se enfoca más en prevenir infecciones y mejorar el uso de los antibióticos ya existentes», afirma Jean Patel.

Esa organización estableció en 2016 la Red de Laboratorios de Resistencia a Antibióticos, la cual monitorea esta emergencia en todo Estados Unidos. El resto del mundo también está tomando conciencia y en 2016 la ONU discutió la resistencia en su Asamblea General, siendo sólo la cuarta vez en la historia que un tema de salud se debatía en esa instancia. Además, hace dos años los países miembros de la OMS adoptaron un «Plan global de acción contra la resistencia antimicrobial», que, entre otros objetivos, busca optimizar el uso de los antibióticos.

«Es muy importante desarrollar sistemas de vigilancia mejores para que los países tengan datos sobre su propia situación y así podamos identificar dónde están los problemas y si las intervenciones están teniendo impacto. Es alentador que hoy exista más interés político, pero si no queremos enfrentar una situación muy siniestra en las próximas décadas, esa intención tiene que traducirse en una acción transversal en todo el mundo», afirma Peter Beyer, consultor de la OMS.

 

SEGUIMIENTO EN CHILE

El infectólogo Luis Bavestrello cuenta que previo a que Chile restringiera en 1999 la venta de antibióticos sólo con receta su uso era indiscriminado: «Antes, a todo el mundo cuando le dolía la garganta le indicaban penicilina benzatina y simplemente la comprabas en la farmacia. Después de que se adoptó la restricción, su consumo bajó tanto que ahora es difícil hasta encontrarla en el comercio».

Actualmente en el país existen dos sistemas para registrar la progresión de la resistencia. Uno pertenece al Instituto de Salud Pública: «Existe la obligación de derivar al ISP algunas cepas que tienen patrones de resistencia determinados?, dice Bavestrello. En paralelo, existe otro sistema auspiciado por la Sociedad Chilena de Infectología en el que participan los recintos hospitalarios más importantes del país. ?Se reúnen una vez al año y se hace un análisis de cómo evoluciona esta situación en recintos públicos y privados», explica el médico.

Bavestrello agrega que en tres semanas se realizará una reunión en Washington, Estados Unidos, donde los países de la Organización Panamericana de la Salud buscarán avanzar en un programa de uso racional de antibióticos en Latinoamérica. Para el experto, esta labor no sólo debe apuntar a educar a los médicos, sino que también a los pacientes desde pequeños: «Esto es como la conciencia ecológica. Ahora si cortas un árbol en tu jardín, los niños te preguntan por qué lo haces, porque les metieron el concepto en la cabeza. Acá no lo hacemos, pero en Suecia y otros países nórdicos este tipo de ideas ya se inculcan desde la etapa posparvularia».

 


Fuente: La Tercera 14.10.2017