Durante los últimos años hemos visto proliferar en los países desarrollados la resistencia de un número creciente de padres a vacunar a sus hijos, apelando a muy dudosas razones científicas para oponerse a la inmunización.

Las consecuencias son graves, pues ponen en riesgo el patrimonio sanitario que esas sociedades consiguieron con esfuerzo y perseverancia, hasta erradicar por completo muchas enfermedades infecciosas que hasta hace unas décadas ponían en riesgo a millones de personas.

No queremos que esta tendencia llegue a Chile. Durante 2018 el Registro Nacional de Inmunizaciones documentó 1.800 dosis rechazadas a alguna de las vacunas del Programa Nacional de Inmunización. Eso equivale a menos del 0,1%, una cifra similar a los datos históricos registrados desde 2013. Las cifras son muy bajas, pero no por eso nos dejan de preocupar.

Chile tiene coberturas por sobre el 95% en la inmunización de la serie primaria de vacunación. Y ese es un legado que tenemos que proteger, pues es lo que nos ha permitido erradicar enfermedades que hasta hace unas décadas eran comunes en nuestros niños y niñas, como la viruela y la polio.